Río de lágrimas.
Estoy desbarajustada, desmontada, desarticulada, desmenuzada, desbaratada, deshecha, deshilachada. Sólo quiero llorar. Cuando volvía hacia casa llovía: el cielo también quería llorar. Me he acordado de una canción y me he sentido como un animal abandonado. Me he sentado en un banco debajo de mi paraguas y he acompañado al cielo en su llanto.
La tela se va rompiendo. Cuando es nueva no se rompe aunque tires de ella. Pero cuando ya no es tan nueva, cuando ya la has lavado alguna vez, los tirones que antes no hacían nada ahora la van desgarrando. Al principio sólo oyes las fibras ceder. Sabes que la tela se ha dañado, pero no lo ves y sigues usándola. Conforme tiras más veces de ella oyes más fibras que ceden, aunque la tela parece fuerte y no le das importancia. Hasta que un día uno de los tirones produce un desgarro. Ahora sí, ahora el daño ya es visible. Al principio te preocupas, le tienes mucho cariño. Luego te las ingenias para dismular el desgarro: un remiendo por aquí, un remiendo por allá. Hay que intentar no desgarrarla más. Pero no puedes evitarlo, sigues tirando de ella. A veces, no sabes por qué, acabas tirando tanto que otra vez la desgarras. Quieres conservarla, no quieres que se rompa del todo, así que la zurces de nuevo y sigues usándola. Pero no dejas de tirar. Así que no dejan de salir desgarrones por todas partes. Ahora se rompen también los remiendos. Pensabas que la habías cosido fuerte, pero hasta ese hilo nuevo ha cedido. Ya es muy tarde, la tela se ha roto completamente. Ya no puedes hacer nada con ella. Tenía tantos zurcidos y tantos parches que ya no queda nada de la tela original. Ya deja de tener sentido seguir tapando desgarros: la tela es vieja, está totalmente rota y ya no sirve para nada.
Cuando lo conocí era perfecto. Su sonrisa, sus ojos cariñosamente tristones, su ternura, sus caricias, su alegría, su fuerza, su entusiasmo, siempre cerca de mí, siempre dándome calor, protegiéndome de todo, siendo mi luz y mi cayado. Después descubrí que no era perfecto. Que a veces también se enfadaba y que era un poco tozudo. Pero no me importaba: yo también lo soy. Seguía siendo el de siempre. Aunque a veces se pusiera serio, alzara la voz y dijera cuatro cosas... Bueno, nadie es un ángel, todos nos enfadamos. Yo también me pongo seria, alzo la voz y digo cosas. Pero después eran demasiadas veces, demasiadas discusiones, demasiado alzar la voz, demasiadas cosas dichas. Llega un momento en que ya no sabes si tiene sentido enfadarse una o que él se enfadade. Ya no es "normal" enfadarse, ya es la ira por la ira. Y él ya no es la persona positiva y enérgica que conocí. Ya no lo da todo por mí. Ya no confía en mí. Ya no cree en mí. Ahora ya es como los demás. Como cualquiera. Y yo también he cambiado. Yo también soy una persona gris, en un mundo totalmente gris. El desierto ha vencido al pequeño oasis que habíamos construido juntos. Y, paradójicamente, ahora soy un río. Un río de lágrimas.




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José Manuel dijo
Un abrazo, Anita.
13 Mayo 2010 | 12:27 AM